Tom bajó la cabeza y quedó un momento en silencio.
—Pero entonces, dijo en fin, ¿de qué sirven las declaraciones del teniente Percy y de sus cómplices?
—Servirán al menos, respondió el solícitor, para obtener una transacción.
—¿Cuál?
—La misma que nuestros adversarios proponían en la carta apócrifa atribuida a lord William.
—¿Doscientas cincuenta mil libras esterlinas?
—Sí, y el palacio Pembleton del faubourg Saint-Honoré en París.
—Pero, ¿cómo conseguiremos eso?
—Armados con esas declaraciones legalizadas en regla, iremos a ver a lord Evandale, vos y yo.
—Bueno, ¿y después?