Ocho días habían trascurrido después de la salida de Tom para Francia, y en la mañana del octavo se hallaba de vuelta en Londres.
Dos personas le esperaban en la estación, Mr. Simouns y Betzy.
Betzy, puesta en libertad bajo caución, había vuelto también a la capital, y esperaba con ansiedad a su marido.
Este venía radiante de alegría.
Traía una declaración en regla, firmada por el teniente Percy y los dos capataces o cabos de presidio; y este documento, legalizado por el cónsul inglés, estaba visado por la embajada.
—Ahora, dijo Mr. Simouns, podemos entrar en campaña. Voy a escribir a Mr. Evandale pidiéndole una entrevista.
Tom, que había pasado la noche en camino de hierro, tomó algunas horas de reposo, y a las dos de la tarde, según habían convenido, fue a buscar a Mr. Simouns en un cab.
Apenas reunidos, ambos se dirigieron al West-End.
—Me parece, dijo Mr. Simouns cuando llegaron a la puerta de lord Evandale, que es inútil, al menos por el momento, el que entréis conmigo.
—¿Por qué? preguntó Tom.