—Muy bien, ¿y qué?
—Esa transacción era razonable,—bajo el punto de vista del honor y consideración de la familia,—y yo vengo, milord, a proponerla a mi vez.
Y diciendo esto, Mr. Simouns sacó del bolsillo un papel, lo extendió sobre la mesa y añadió:
—Cuando Vuestra Señoría haya tomado conocimiento de esta declaración jurídica, creo que no vacilará......
Lord Evandale tomó el papel y lo leyó.
Mr. Simouns, que lo observaba a hurtadillas, lo vio palidecer a medida que leía.
En fin el noble lord, al acabar la lectura, tuvo un movimiento de cólera y estrujó el papel entre las manos.
—¡Oh! dijo tranquilamente Mr. Simouns, podéis desgarrar ese documento y hasta echarlo al fuego, si así os place, milord. No es más que una copia. La pieza auténtica, legalizada por la embajada británica, se halla bajo llave en mi gabinete.
Lord Evandale pareció reflexionar algunos instantes.
—Pues bien, dijo en fin, si yo consiento en lo que me pedís, ¿cuál será mi garantía?