—Viene a sellar y poner en secuestro los papeles de Mr. Simouns.
Esta respuesta fue un nuevo golpe para el pobre Tom.
Entre los papeles de Mr. Simouns se encontraba seguramente la famosa declaración del teniente Percy y consortes, visada por la embajada de París, único documento por cuyo medio podía obligarse a transigir a lord Evandale.
Y Tom conocía la marcha lenta y tortuosa de la justicia inglesa. Sabía que una vez puesto un secuestro, había para un tiempo indefinido.
Después de penosos esfuerzos, acabó por abrirse paso y entró en la casa siguiendo de cerca al pasante.
El gabinete del solícitor estaba ya cerrado y habían puesto los sellos en la puerta.
En tanto, las dos de la tarde habían pasado hacía tiempo, y lord Evandale no parecía.
Tom permaneció toda la tarde errando de un lado a otro por la calle de Pater-Noster.
Esperaba ver llegar a lord Evandale según había prometido el día anterior, puesto que no debía conocer todavía la muerte del solícitor; pero lord Evandale no pareció por aquellos parajes.
De entonces Tom supo ya a qué atenerse.