La noche era oscura y brumosa.

Sin embargo, de vez en cuando un rayo de luna lograba desgarrar la niebla, y su dudosa claridad argentaba por un instante las sombrías calles de Londres.

Esto explicaba aquella luz blanquecina que Marmouset y sus compañeros habían visto un momento después de la explosión, por el orificio del subterráneo.

Vanda y sus dos compañeros descendieron pues a orillas del Támesis, y continuaron por el malecón hasta llegar al sitio donde Shoking tenía amarrado su barco.

Todos entraron en él y Shoking tomó los remos.

—Puesto que los fenians conocían los subterráneos, dijo entonces Marmouset, vos debéis saber sin duda dónde se halla la entrada de la galería que da al Támesis.

—Vamos directamente hacia ella.

—¿Está lejos? preguntó Vanda temblando.

—Llegaremos dentro de diez minutos.

Y Shoking se puso a remar vigorosamente.