—Tom está preso, se dijo, pero, ¿qué importa? Suceda lo que quiera, yo continuaré su obra.
La pobre mujer basaba su resolución en engañosas ilusiones.
Pensaba que, una vez lord Evandale muerto, lady Pembleton se acordaría de que había amado a lord William, y que se apresuraría a consentir en la transacción.
Con esta esperanza, aguardó pacientemente algunos días.
Los funerales del difunto tuvieron lugar con gran pompa. Los periódicos se ocuparon de ellos, así como se habían ocupado de la muerte del noble personaje, cuyas virtudes y cualidades ensalzaron hasta las nubes. Pero ninguno de ellos habló de las antiguas relaciones del asesino con la víctima.
Al cabo de ocho días, Betzy se presentó en el palacio Pembleton solicitando una audiencia de la viuda.
Lady Anna consintió en recibirla.
Betzy abordó la cuestión desde luego, y, sin otros preámbulos ni rodeos, la dijo:
—El miserable que había abusado de vuestra confianza, milady, ha expiado su crímen. ¿Rehusaréis ahora reconocer a lord William?
Lady Pembleton no desplegó los labios y, por toda respuesta, se fue a tirar del cordón de una campanilla.