Dos hombres entraron inmediatamente, sir Archibaldo y un desconocido.
Es decir, un desconocido para la pobre Betzy, pues el individuo en cuestión no era otro que el reverendo Patterson.
—Padre, dijo lady Pembleton, haced arrojar a la calle a esa miserable loca.
Betzy tuvo un arrebato de indignación.
—¡Ah! milady, exclamó, hasta hoy os había creído la esclava de lord Evandale, pero ya estoy convencida de que erais su cómplice.
Sir Archibaldo llamó a sus lacayos, y estos se apoderaron de Betzy y la pusieron a la puerta.
Betzy gritaba como una desesperada.
Dos policemen del barrio la cogieron entonces a su vez, y la condujeron al puesto de policía más cercano.
Allí, Betzy quiso contarlo todo al comisario que la interrogó; pero este la cerró la boca y dio órden de que la condujeran a la cárcel.
Entonces la pobre mujer comprendió que estaba perdida.