Pero esta ruda escocesa estaba dotada de la indómita y salvaje energía de su marido.

—Pues que debo estar presa, se dijo, tanto vale aprovechar la ocasión para ver a lord William.

Betzy pasó tres días en el puesto de policía del West-End.

Y durante estos tres días dio tales pruebas de insensatez y falta de razón, ya riéndose a carcajadas sin motivo, ya cantando y llorando al mismo tiempo, y ya dando voces descompuestas en las altas horas de la noche; que el comisario declaró que estaba loca y la hizo conducir a Bedlam.

Esto es lo que Betzy quería.

Lord William, bajo el nombre de Walter Bruce, seguía siempre en el famoso hospital.

El director de Bedlam sabía muy bien que debía guardar al supuesto loco hasta su muerte, y cumplía con todo rigor las misteriosas órdenes que había recibido.

Pero respecto a Betzy, juzgaron sin duda inútil el comunicarle los motivos que la habían hecho conducir allí, y de consiguiente no fue vigilada de cerca, y pudo ver a lord William.

Este no había perdido en ningún modo la razón, pero el pesar iba minando lentamente su existencia.

Y no es que pensase ya en reconquistar su nombre y su perdida fortuna, ¡oh! no! su idea fija ahora era recobrar la libertad, reunirse con su esposa y sus hijos, y volver con ellos a Australia.