Durante las largas y tristes horas de su prisión, había empleado el tiempo en redactar un extenso diario, en donde contaba todo lo que sabía de su lamentable historia.

Las revelaciones de Betzy completaron este relato.

Ahora bien, la casualidad, que se burla con tanta frecuencia de los hombres y que parece complacerse a veces en destruir las mejores combinaciones humanas, la casualidad, decimos, vino de pronto en ayuda a lord William y a la fiel y desgraciada Betzy.

Un día trajeron un nuevo loco a Bedlam.

Betzy, al verlo pasar a larga distancia, creyó haber visto ya en alguna parte a aquel hombre; pero al día siguiente, cuando a la hora de recreo, se encontró con él en los patios del hospital, ya no le quedó la menor duda y llegó a reconocerlo.

Era aquel individuo de edad provecta y maneras ambiguas, que se había presentado en la casa de Tom, hacía algunos meses, bajo el nombre de Edward Cokeries, anunciándose como un pasante del solícitor Mr. Simouns.

Aquel hombre, según el lector recuerda sin duda, había sido el instrumento de lord Evandale, o más bien del reverendo Patterson, y—como se habrá adivinado también,—el que había imitado con tal perfección la letra de lord William, y trasmitido a Tom el falso despacho de John Murphy, datado de Perth, en Escocia.

Edward Cokeries estaba loco, realmente loco, y su locura tenía un origen singular.

Al día siguiente del asesinato de lord Evandale, el miserable falsario se había presentado en el palacio Pembleton, ignorando absolutamente la catástrofe que había tenido lugar la noche anterior.

Allí supo de improviso la muerte de lord Evandale.