Y de improviso también, Edward Cokeries, que no esperaba aquel golpe, perdió por completo la razón.
Este exceso de sensibilidad, que parecerá extraño, tenía sin embargo su fundamento.
Aquel mismo día debía entregar el noble lord a su agente, la suma de dos mil libras esterlinas, como precio de su traición.
Y la muerte violenta del lord había anulado naturalmente este contrato verbal.
Los criados del palacio hicieron venir algunos agentes de policía que condujeron a Cokeries a su casa.
El pobre loco tenía mujer e hijos.
Durante algunos días había permanecido encerrado en su cuarto, guardado y cuidado afectuosamente por su familia; pero al cabo presentó tales síntomas de locura furiosa y dio un escándalo tal, que los vecinos aterrados, pidieron que se le encerrase en sitio más seguro.
Entonces intervino la policía, y lo condujeron a Bedlam.
Ahora bien, así como una conmoción violenta había sido la causa de la locura de Edward Cokeries; otra emoción de distinta naturaleza, aunque no menos fuerte, tuvo el poder de volverlo a la razón.
A la vista de Betzy y de lord William, Edward Cokeries lanzó un grito terrible.