Su locura había desaparecido.

Y con la razón, le volvió también la memoria, y con ella el arrepentimiento.

Una tarde, hallándose con lord William en sitio apartado y fuera de la vista de todos, se echó a sus pies y le pidió perdón, acusándose de todos sus crímenes, y confesando que había sido el instrumento de lord Evandale y del reverendo Patterson.

Él era quien había hecho arrebatar a Tom del camino de hierro.

Él quien había hecho desaparecer al teniente Percy.

Él también quien había robado en el gabinete de Mr. Simouns, mientras se fijaban los sellos, aquella importante declaración de Percy y consortes, legalizada por la embajada de Inglaterra.

Pero aquel documento no lo había entregado a lord Evandale.

Lo conservaba como fianza del pago de ocho mil libras, que el noble lord debía entregarle en varias fracciones, según había sido estipulado entre ellos.

Así, al saber de pronto la muerte del lord, había comprendido que no sería pagado, y la desesperación lo había vuelto loco.

Y cuando hubo confesado todo esto, Edward Cokeries añadió: