—Desgraciadamente no puedo hacer gran cosa por vos, pero lo que puedo hacer, no titubearé en ejecutarlo.
Yo seguía mirándola con asombro.
—Escuchad, me dijo, supongo que deseáis salir de aquí, ¿no es verdad?
—¡Oh! ya lo creo!... sí, señora.
—Pues bien, yo puedo haceros salir.
—¿Cómo?
—¿No ocupáis sola una celda?
—En efecto.
—Pues bien, a partir de esta noche misma, fingíos enferma: meteos en la cama y rehusad todo alimento.
—Así lo haré, señora.