—Ya veréis. Nuestra reducida habitación es bien miserable, prosiguió Edward Cokeries; los muebles son en ella raros; y sin embargo, hay sobre la chimenea de nuestro dormitorio un busto de yeso del duque de Wellington.....

—Bueno.

—Ese busto está hueco, como podéis imaginar.

—¡Ah! ya!... ¿encontraré dentro de él los papeles?

—Sí.

—Está bien, prosiguió Betzy. Vuestra mujer me creerá, y más sobre todo cuando sepa que habéis recobrado la razón.

Después de este conciliábulo, y tan luego como se separó de lord William y de Cokeries, Betzy ejecutó a la letra la primera parte de su programa.

Fingió estar enferma y rehusó la cena aquella noche.

En seguida se acostó muy temprano, y al día siguiente se negó a tomar todo alimento.

Lord William le había entregado su manuscrito,—este diario donde se refiere su lamentable historia,—y ella lo había ocultado bajo su almohada.