Durante dos días Betzy no quiso tomar más que algunas cucharadas de caldo y una poción calmante que el médico le había ordenado, por recetar alguna cosa.

Al tercer día, las Damas de las prisiones llegaron hacia la tarde.

Una de ellas traía un paquete bajo el brazo.

Tan luego como se hallaron solas con Betzy, cerraron la puerta de la celda, echando el cerrojo, y la primera, que era la que había hablado ya con la mujer de Tom, deshizo precipitadamente el paquete.

Este contenía un hábito y un capuchón en todo semejantes a los que llevaba ella misma.

—¡Pronto! pronto! dijo, levantaos y vestios.

Betzy obedeció a toda prisa.

Bedlam es una verdadera Babilonia. Los locos, los vigilantes, los enfermeros y los médicos, van, vienen y se cruzan en el dédalo de corredores de aquel vasto edificio.

Dos Damas de las prisiones habían entrado sin llamar apenas la atención en la celda de Betzy, y salieron tres de ella sin que nadie lo advirtiese.

—Seguídme, dijo entonces la misteriosa libertadora de Betzy.