La otra Dama se separó de ellas en los corredores, y se fue sola por otro camino.
Betzy y su protectora tomaron por una estrecha galería, descendieron al primer piso y de allí al piso bajo, atravesaron veinte salas diferentes y llegaron en fin a la puerta.
El portero principal les abrió y las saludó respetuosamente al paso.
Tan luego como se hallaron en la calle, la Dama de las prisiones se detuvo y puso un bolsillo en manos de Betzy.
—Ahora, ya estáis libre, la dijo. A Dios.......
Betzy la tomó la mano y la suplicó encarecidamente que la dijera su nombre.
La Dama se negó a ello.
—A Dios, repitió.
Y se alejó rápidamente.
Betzy no perdió un solo minuto.