Antes de buscar un lugar oculto donde alojarse, ni tomar otras medidas de seguridad personal, revestida como estaba con el hábito de Dama de las prisiones, se dirigió en seguida a la casa indicada por el curial en Old-Grand-Lane.

Allí encontró en efecto a la mujer de Edward Cokeries, la cual, apenas vio el anillo de su marido, se apresuró a entregarle los papeles escondidos en el interior del busto.

Entonces Betzy se volvió a Adam street y tomó su traje ordinario.

Allí esperó el día siguiente con impaciencia, y tan luego como oyó las nueve de la mañana, corrió a la calle de Pater-Noster, al gabinete del sucesor de Mr. Simouns.

La pobre mujer esperaba ser recibida cordialmente.

Pero no fue así.

—Mistress Betzy, la dijo el joven solícitor, desde la última vez que nos hemos visto han cambiado las circunstancias.

—¿Qué queréis decir? preguntó Betzy con extrañeza.

—En primer lugar, vuestro marido ha asesinado a lord Evandale.

—Un infame de menos, dijo Betzy.