Betzy iba vestida de negro, y cualquiera que la hubiese visto allí a aquella hora, hubiera podido creer que iba a rezar sobre la tumba de alguna persona amada.
Y sin embargo, no era este el motivo que conducía a la Escocesa al cementerio.
Betzy quería ver a la luz del día aquella tumba que no encerraba ya ningún cadáver.
Siguió pues la huella de los pasos que los dos fenians habían dejado sobre la yerba, bastante alta en aquel sitio; y, llegando a la sepultura, que cubría una losa dominada por una cruz de hierro, se arrodilló cerca de ella.
Después, echando a su rededor una rápida y furtiva mirada, se aseguro de que estaba sola y de que nadie podía verla.
Entonces tanteó la losa que cubría la sepultura, y reconoció que podía levantarse fácilmente.
—No vendrán a buscarlos aquí, murmuró.
Betzy, al decir esto, hacía alusión al manuscrito de lord William, y a la declaración del teniente Percy.
Las últimas páginas del manuscrito estaban escritas por una mano diferente.
Lord William, con ayuda de los datos que le suministrara Tom en los últimos tiempos, había relatado detalladamente su historia; y después de su entrevista con Betzy, había añadido la relación de los sucesos que habían tenido lugar después de su encarcelamiento en Bedlam.