—Esperad que me explique, dijo, y no gritéis inútilmente.

—¿Inútilmente?

Y Vanda, fuera de sí de alegría, contemplaba a Marmouset y parecía preguntarse si el joven no había perdido algún tanto el juicio.

Este, antes de responder, volvió a escuchar a su vez por algunos instantes, y después añadió:

—En efecto, tenéis razón.

—¡Ah!... ¿es verdaderamente la voz de nuestros amigos lo que hemos oído?

—Sí.

—Entonces.....

—Yo los he reconocido lo mismo que vos: no me queda duda.

—Y bien, ¿por qué os oponéis entonces a que los llame?..... ¿por qué no queréis que sepan?.....