—Es verdad, dijo Vanda.

—Se hallan pues sanos y salvos.

—Sí, pero están presos en un lugar sin salida, y acabarán por morirse de hambre.

—Nosotros los libertaremos, dijo fríamente Marmouset.

—¿Cómo?

—¡Oh! repuso el joven, tranquilizaos. Ya comprendéis que no hay que pensar en emplear la pólvora.

—Ciertamente que no.

—Ni menos en zapar esa roca, cualesquiera que sean los instrumentos que poseamos. Sería inútil.

—¿Qué hacer entonces?

—Salgamos de aquí, volvamos a la lancha, tomemos a lo largo del Támesis..... y yo os lo diré.