Y de pie, en la popa de la lancha, fijó obstinadamente la vista en la orilla izquierda del Támesis.
Vanda lo observaba sin comprenderlo.
La barca subió el río hasta el sitio llamado de los Monjes Negros, y ya allí, Shoking la hizo derivar.
Marmouset no perdía de vista ninguna de las casas viejas y ahumadas que orillan el Támesis por este paraje.
De repente pareció fijarse en una de ellas y la examinó con atención.
—Allí es, dijo.
—¿Qué? preguntó Vanda.
Pero Marmouset, en vez de contestarle, dijo perentoriamente a Shoking:
—Puedes ganar la orilla.
—¡Ah! exclamó Shoking.