Entonces se levantó Rocambole.
Milon en tanto murmuraba sin moverse de su sitio:
—Apostaría a que estamos enterrados; pero sea como quiera, no hemos tenido poca suerte.
Rocambole no había dejado escapar su antorcha, pero, como se comprende muy bien, esta se había apagado desde luego.
Pero Marmouset, al distribuir las antorchas a los que le seguían, había dado también a cada uno una cajilla de fósforos, y de consiguiente Rocambole tenía la suya.
—Capitán, dijo Milon, ¿puedo ya levantarme?
—Sí, pero no te muevas de tu sitio. Espera.
Y Rocambole buscó sus fósforos y encendió la antorcha.
Entonces Milon pudo convencerse de que estaba sano y salvo.
—¡Famosa suerte! repetía.