—No tan grande como te parece, dijo Rocambole.

—¿Por qué?

—Sígueme.

Y con la antorcha en la mano, fue andando hasta el derribo.

El subterráneo se hallaba cerrado de nuevo por un peñon enorme que, al caer, rompiendo sus ángulos salientes, había interceptado tan herméticamente el paso de la galería, como pudiera haberlo hecho un muro construido por los hombres.

—Ya lo ves, dijo Rocambole, no estamos más adelantados que hace una hora.

—Volvamos entonces para atrás, dijo Milon.

Así lo hicieron, y se encontraron bien pronto delante del otro hundimiento que se había efectuado a su espalda.

—¿Ves lo que te decía?... repitió Rocambole; no estamos más adelantados.

—Pero entonces, dijo Milon estremeciéndose, ¿estamos aquí presos?