—No, amigo mío, estamos enterrados en vida.
—¡Y ni herramientas ni pólvora! exclamó con angustia Milon.
Rocambole estaba un poco pálido, pero su fisonomía no había perdido su calma habitual.
—Veamos, pobre Milon, dijo, en vez de desesperarnos, es lo más acertado el que reflexionemos a sangre fría.
Milon se quedó mirándolo fijamente.
—Nuestra situación no es muy ventajosa que digamos, prosiguió Rocambole, pero en fin, no es enteramente desesperada.
—¡Ah!... ¿Lo creéis así? dijo Milon con ansiedad y abriendo su pecho a la esperanza.
—Escúchame bien, añadió Rocambole: Marmouset y los demás, se hallaban muy lejos de nosotros cuando tuvo lugar la catástrofe; de consiguiente es probable que no han sido víctimas de ella.
—Es posible; pero están encerrados como nosotros.
—Con la probabilidad de ser socorridos.