—Y como se puede muy bien hablar sin luz, añadió Rocambole, no veo la necesidad de gastar inútilmente nuestra antorcha, que más tarde nos será necesaria.
Y diciendo y haciendo, apagó la antorcha y continuó:
—¿Sabes por qué yo no desespero, a pesar de la gravedad de la situación?
—¡Oh! lo que es vos, capitán, dijo Milon, yo os he visto siempre impasible como el destino.
—No es eso, repuso Rocambole.
—¿Qué es pues?
—Tengo la convicción de que, mientras me quede que hacer alguna cosa en este mundo, la Providencia velará sobre mi y me sacará en bien de todo riesgo.
—¿Tenéis de veras esa idea? exclamó Milon. Pero entonces, ¿es que no pensáis reposaros jamás?
—No, dijo Rocambole.
—Paréceme sin embargo, prosiguió Milon, que ya sería hora de que volvierais a París y de que tratarais de vivir allí tranquilo.