Todas las mañanas pasa un coche cerrado por todos los puestos de policía, recoge los presos detenidos durante la noche, y los conduce sea a Newgate, sea a Bath-square o a cualquiera otra cárcel central.

Yo pasé de consiguiente seis horas en el calabozo de la comisaría de Drury Lane.

En ese mismo calabozo se hallaba una pobre mujer en harapos, ya vieja, pero cuyo rostro conservaba vestigios de una rara hermosura.

Cuando entré, me miró al principio con desconfianza, y después con cierta curiosidad.

En fin, su mirada encontró la mía, y sin duda experimentó el encanto misterioso que mi fluido magnético ejerce sobre ciertas personas, pues me dijo en seguida:

—Creo que sois el hombre que busco.

Y como yo la mirase con extrañeza:

—¿Os han preso por algún crímen grave? me preguntó.

—Soy fenian, la respondí brevemente.

La pobre vieja se estremeció, y una viva expresión de alegría iluminó por un momento su rostro.