—Entonces ¿por qué razón, la pregunté, si no estáis embriagada... fingís estarlo?

—¡Toma! ya os lo he dicho, para hacer que me prendan..... y eso hoy en un barrio, mañana en otro. A esta hora he estado ya encerrada en todos los puestos de policía de Londres.

—Pero en fin, ¿por qué razón?

—Porque busco un hombre en quien yo pueda tener confianza, y a quien vayan a encerrar en Newgate.

—¿Y en qué puede serviros ese hombre?

La vieja clavó en mí la vista y pareció reflexionar por algunos instantes.

—Vuestra fisonomía, me dijo, es la de un hombre honrado y bondadoso.—¿Cómo os llamáis?

—El Hombre gris, le respondí.

Al oír este nombre, la buena mujer se levantó sorprendida, y exhaló un grito ahogado.

—¡Ah! exclamó, ¿sois vos al que llaman el Hombre gris?