—La galería bajaba, como sabemos, en rampa, y ya desde este punto, la pendiente se hacía cada vez más sensible.
Esto era una prueba de que se acercaban cada vez más al Támesis.
Pero de repente, Rocambole se detuvo de nuevo.
—¡Ah! exclamó, esto es lo que yo temía.
La galería subterránea estaba cerrada por un enorme peñasco que se había desprendido de la bóveda, y que formaba una puerta impracticable.
—¡Nos hallamos encerrados! murmuró Vanda acometida de un nuevo terror.
Rocambole no respondió y se quedó suspenso por algunos instantes.
Su última esperanza acababa de desvanecerse.
El camino estaba cerrado, y volver para atrás era igualmente imposible.
Y aun no siéndolo, hubiera sido además insensato, pues era exponerse a caer en manos de los agentes de policía, los cuales, pasado el primer momento de estupor, no dejarían de invadir aquellos subterráneos tan singularmente descubiertos, y cuya existencia había ignorado hasta entonces la generación actual.