—¿Quién sois pues?

—Me llaman el Hombre gris.

El preso dio un paso para atrás y me miró con asombro.

—¡Vos! ¿vos? exclamó.

Y su rostro se serenó por completo y perdió su aire de desconfianza.

—Sí, le repliqué, soy el Hombre gris, y Betzy me ha encargado deciros que tiene en su poder los papeles.

El pobre condenado dejó escapar un grito, una exclamación de gozo tal que hubiera podido creerse que yo acababa de traerle su perdón.

—¡Ah! dijo, dominando en fin la emoción que se había apoderado de él, ahora puedo morir tranquilo.

Y fijándose de nuevo en mí, añadió:

—Pero.... puesto que sois el Hombre gris, sin duda estáis aquí por vuestra propia voluntad.