—¡A fe mía! dijo Milon, que hasta había olvidado que estamos aquí presos entre peñascos y con la mitad de Londres sobre los hombros. Seguid, capitán, seguid.


VIII

Rocambole guardó silencio por algunos instantes, y después prosiguió de este modo:

—Aquel día, el condenado a muerte no quiso explicarse más.

—La historia que os voy a contar, me dijo, es demasiado larga, y además va a llegar la hora de volver a mi calabozo. Pero mañana.....

—Mañana, le dije, yo sabré encontrar el medio de pasar algunas horas en vuestra compañía.

—¡Bah! exclamó mirándome con asombro. Pero, en fin, tenéis razón. Eso sería imposible para cualquier otro, pero para vos no hay nada imposible, puesto que sois el Hombre gris.

Y con esto entró en su calabozo, mientras que yo tomaba el camino del mío.

La promesa que acababa de hacerle, procedía de una idea que me había ocurrido durante la conversación.