En el momento en que uno de los carceleros iba a encerrarme, le detuve en la puerta y le dije:
—Hacedme el favor de decir al gobernador que deseo hablarle.
El carcelero cumplió con su comisión, y un cuarto de hora después vi llegar al gobernador a mi calabozo.
Tú has visto a ese buen hombre, y sabes hasta qué punto es cándido.
—¡Oh! la simplicidad en persona! dijo Milon.
—Sir Roberto llegó sonriéndose y acariciándome con la mirada, muy persuadido de que iba a oír grandes revelaciones.
Porque no bastaba a la libre Inglaterra el haber puesto la mano sobre el hombre que parecía ser uno de los jefes del fenianismo y tal vez el más peligroso de todos; lo que más necesitaba sin duda, era penetrar el misterio en que este hombre se envolvía.
—Señor gobernador, dije entonces a sir Roberto, deseo hablar con vos.
—¡Ah! exclamó con tono alegre, ya sabía yo que acabaríais por ser razonable.
—Jamás he cesado de serlo.