—¡Ah! ya lo sabía yo! exclamó el buen hombre en el colmo de la alegría.
—Pero antes de decidirme, proseguí sonriéndome, necesito fijar mi atención sobre ciertas cosas.
—¿Cuáles?... Veamos.
—Voy a decíroslo. No es que yo tenga miedo de la muerte.....
—Sin embargo.....
—Sobre todo de la muerte por estrangulación. Hasta he oído decir.....
—¡Ah! sí, dijo el gobernador guiñando el ojo, ya sé... una preocupación vulgar.—Pero no creáis nada de eso, amigo mío, no, mi querido amigo. No hay más que ver el rostro del ajusticiado cuando le quitan el gorro negro: ¡está entumecido, morado... horrible de ver!... ¿Y la lengua?.... ¡Oh! es espantoso!
—¿De veras?
—Tal como tengo el honor de decíroslo, mi querido amigo. Conque así, creedme, confesad, confesadlo todo, empezando por vuestro nombre, el de los otros jefes del fenianismo... en fin todo. Y decid que yo os he convencido, con el objeto.....
—Esperad, esperad, le repliqué.