—Cuanto más latas y más espontáneas sean vuestras revelaciones, mayor será la indulgencia de vuestros jueces.

—Ya sé todo eso; pero os lo repito, no me arredra la muerte por estrangulación.

—Hacéis mal.

—En Francia hay la guillotina, lo que es muy diferente. ¡Oh! esa muerte sí que me aterra!... Allí lo confesaría todo de seguida.

—No se pueden cambiar por vos los usos y costumbres de un país. Pero lo que os afirmo es que la horca es el suplicio más horrible que existe.

—¡Bah!

—Y a propósito, continuó sir Roberto, aquí tenemos en este momento un condenado a muerte.

—Ya lo sé.

—Pero no sabéis qué indecible terror se ha apoderado de su alma.

—Sin embargo, me ha parecido bastante tranquilo.....