Después de largo tiempo de encontrarse en la provincia Oriental persiguiendo en vano á las partidas rebeldes, sin lograr que éstas lo esperaran, según costumbre inveterada en los alzados, el capitán del Escuadrón "D" de la Guardia Rural, señor José Perdomo, recibió el día 12 de junio la visita de un vecino de Río Frío, informándole que una numerosa partida de alzados se encontraba acampada en aquel lugar, por lo que el referido capitán, muy de mañana aún, dispuso que la pequeña columna que mandaba se pusiera en marcha con dirección al lugar en el cual se decía se encontraba el mencionado grupo.

Comenzó la marcha atravesando las fincas de "Guanabo", "Vuelta Corta" y "Filipinas", hasta llegar al lugar conocido por "Río Frío", que, como decimos antes, era donde se encontraba el enemigo; pero ya los cabecillas Felipe Vera, el "Brigadier" Anaya y Boulet, se habían marchado precipitadamente de este lugar, por lo que el capitán Perdomo hubo de practicar distintos reconocimientos y después de oir varias confidencias y examinar el rastro, pudo comprobar que la partida rebelde se encontraba cerca de "Palma Mocha". El capitán, no obstante el gran número de alzados que componían dicha partida, pues el rastro que se veía era enorme, no titubeó un solo instante, y dispuso que se emprendiera sigilosamente la marcha por el infernal camino que conduce al referido lugar.

Eran las 4 y 10 de la tarde, y aun ningún soldado había tomado alimento alguno; los oficiales para dar el ejemplo se habían negado á tomar el café que voluntariamente les ofrecieran varios vecinos. No obstante esta circunstancia, todos iban bien dispuestos, animosos, llenos de fe; ¡quizás presentían el gran triunfo que se les aproximaba, á medida que iban avanzando por el camino emprendido!

Ya cerca de Palma Mocha, se hizo alto y el capitán Perdomo, Jefe de la columna, ordenó que el joven Teniente Jacinto Llaca, perteneciente al cuerpo de la Guardia Rural, fuese desmontado con 10 hombres en la extrema vanguardia de la columna, con el fin de que no pudieran los rebeldes oir el tropel de los caballos.

No habían transcurrido aun 20 minutos y ya se sintieron en la vanguardia los primeros tiros con que una avanzada enemiga, compuesta de 15 hombres, recibía á los 10, que al mando del Teniente Llaca, marchaban. ¡Fuego por escuadras! oyóse decir en aquel mismo instante, y una serie repetida de detonaciones se sintieron enseguida.

Aquella fué la señal. Los soldados que se encontraban con el resto de la columna, enardecidos por el humo producido por la pólvora y por los gritos de entusiasmo de sus compañeros que ya peleaban, se encontraban alborozados, y esa emoción natural que produce en las almas de los valientes el estampido de los primeros disparos, les embargaba.

Todos estaban atentos á la voz de mando, esperando que llegara el instante para caer sobre la horda de racistas y exterminarla con el filo de sus machetes.

El capitán Perdomo á cuyo lado estaba el valeroso oficial Ovidio Ortega, estaba frío, impasible, siguiendo con la vista todos los movimientos que el enemigo hacía.

El camino donde se encontraba la columna era muy estrecho y la posición que ocupaban los rebeldes era espléndida, como escogida, por antiguos mambises muy prácticos y muy conocedores de todos aquellos lugares.

De repente el capitán Perdomo ordenó Al galope, y todo el escuadrón como un solo hombre obedecía con extraordinaria rapidez. Los diez hombres que con el Teniente Llaca se habían desmontado volvieron á subir á sus caballos respectivos. Pocos minutos después, ya se veían numerosos grupos de alzados los cuales se encontraban acampados en el centro de un llano rodeado completamente de monte.