Piedra Romana.—Hay una que se encontraba frente de esta casa y hoy está en el Museo Provincial, con una inscripción que dice en latín:
«El aficionado Cabildo del florido Municipio iliberitano puso á costa pública esta Memoria á la Majestad de Furia Sabina Tranquilina Augusta, mujer del emperador César Marco Antonio Gordiano Pío Félix Augusto.»
Fué hallada esta piedra á fines del siglo XVI, abriendo unos cimientos de una casa cerca del Aljibe del Rey, inmediato al convento de Santa Isabel la Real, que es el barrio considerado más antiguo de esta población; y la piedra corresponde á las canteras de la Sierra Elvira.
No lejos se encuentra un bazar de forma y aspecto árabe, cuya decoracion fué hecha en 1844 con motivo de un incendio ocurrido en el año anterior. La Alcaicería, dícese que significa casa del César, y según Mármol, es el sitio donde se almacenan las mercancías de la hacienda pública y de los particulares, según costumbre de los pueblos de Oriente y de los romanos en Africa; pero aquí era recinto cerrado para comerciantes ricos, como se ve en Fez, Marruecos y otras poblaciones musulmanas. Antes del citado incendio, esta Alcaicería conservaba todo su carácter antiguo, pues era un espacio más estrecho todavía que lo es hoy, con tiendas tan pequeñas que algunas no tenían hueco para el vendedor, el cual se situaba sobre el mostrador ó fuera de él. Hoy la decoracion árabe es demasiado simétrica para caracterizar este especial recinto.
El Zacatín ó calle de comerciantes, según Alcántara, participa en parte de ese aspecto de las ciudades africanas. La calle de Abenamar conduce á una plaza pequeña donde estaba el palacio de Aben-Hamar, caudillo de los moros del último siglo; desde ella se encuentra la calle de la Cárcel baja y convento del Angel, á cuyo frente hay una gran casa solariega perteneciente hoy á los poseedores de Generalife, y en la cual pueden hallarse curiosos fragmentos moriscos.
Para el aficionado á los recuerdos de la época árabe conviene citar antes de dejar estos sitios, el lugar donde estaba construída la Gran Mezquita ó Metropolitana de la corte mora, dícese de ella:
«En el sitio que ocupa hoy este templo (el Sagrario), estuvo la Gran Mezquita de los moros, labrada á mediados del siglo XIV, la cual se bendijo por los cristianos conquistadores. Era un edificio cuadrado, bajo de techos, compartido en cuatro naves sostenidas por cuatro órdenes de columnas de jaspe, de modo que cada dos de ellas tenía en su capitel el arranque de cuatro arcos. La techumbre formaba cúpulas ó medias naranjas primorosa y prolijamente labradas. Tenía tres puertas, una al Occidente (donde hoy la principal); otra al Mediodía, junto á lo que es hoy postigo de la Sacristía, y otra al Norte que corresponde al lado de la Catedral. El testero estaba detrás del altar mayor, donde se guardaba el Korán en un alhamí ó nicho con labores delicadísimas. En la puerta de esta mezquita, contigua á la de la Capilla Real, fué donde Hernán Pérez del Pulgar clavó con una daga el mote del Ave María, para lo cual salió de Alhama, se mantuvo oculto en las cercanías de Granada, entró de noche por el cauce del río Darro seguido de muy pocos caballeros, y burlando la vigilancia de los moros, plantó aquel emblema, con audacia y valentía».
Las hazañas de Pulgar han dejado una huella imperecedera en la fogosa imaginación de los cristianos andaluces. También las crónicas moriscas conservaban la memoria de otro héroe, Osmín, famoso por los desafíos con los cristianos, y sus hazañas se cuentan todavía por los descendientes de aquella ilustre raza, que fué á confundirse con las salvajes kabilas de la costa africana.
El Laurel de la Reina.—A una legua de Granada se encuentra la Zubia, pueblo pequeño, hermosamente situado y de los más curiosos y ricos de la vega. En tiempo de los árabes había en su lugar un espacioso bosque de laureles, de los cuales no se conserva hoy más que el que lleva el nombre de la Reina Isabel I.
Las leyendas fantásticas de nuestros poetas modernos, los cuentos de Irving, la novela del inspirado Fernández y González y las canciones y romances, dan acaso testimonios de la tradición que vamos á contar.