La torre y campanario, con carrillones flamencos, fué mandada derribar por el general francés Sebastiani en 1810, para hacer el puente Verde sobre el río Genil. La iglesia tiene 147 pies de largo y 89 de ancho, lujosa en su ornamentación y estofados de oro y plata, con multitud de flores, hojas y caprichosos adornos, alternando con pinturas al fresco, entre las que se hallan medallones con los retratos de Don Fernando y Doña Isabel y trofeos de guerra modelados con gracia.
En la capilla del presbiterio se ven las armas del Gran Capitán y otros muchos detalles, algunos de los cuales fueron hechos á principios del siglo XVIII. Los apóstoles, en doce cuadros de tamaño natural, parecen de buena escuela.
Fué demolida también la sacristía en tiempo de la invasión francesa.
Delante del altar mayor hay una lápida de mármol blanco, con esta inscripción:
GONZALI-FERNANDEZ
DE-CÓRDOBA
QUI-PROPRIA-VIRTUTE
MAGNI-DUCCI-NOMEN
PROPRIUM-SIBI-FECIT
OSSA
PERPETUÆ-TANDEM
LUCI-RESTITUENDA,
HUIC-INTEREA-LOCULO
CREDITA-SUNT.
GLORIA MINIME CONSEPULTA.
Se ve, pues, que es la sepultura del Gran Capitán, cuya memoria será más imperecedera que los mármoles y fuertes murallas de este mausoleo, tan espléndidamente costeado. Los huesos del caudillo fueron desenterrados en la aciaga época que ya hemos citado de la dominación francesa, y se profanó su tumba rompiendo las cajas de bronce, y robando las banderas y despojos. Desapareció la espada que se conservaba con el cuerpo, y como talismanes se repartieron las vestiduras. Fué un verdadero saqueo, y gracias á las investigaciones verificadas recientemente, se han devuelto algunos huesos á esta respetable mansión[185], los cuales se cuidan hoy con respeto.
La cruz blanca.
Detrás de la antigua Plaza de los Toros, descuella una Cruz, erigida para perpetuar la memoria del suceso que arrancó del mundo al Duque de Gandía, y lo llevó á sepultarse para siempre en un convento. En el lugar que ocupa la Cruz hizo alto la comitiva que conducía el féretro de la Emperatríz Isabel, mujer de Carlos V, para descubrir el cadáver y tomar acta de haberlo entregado al Justicia de la ciudad, que había salido á recibirlo. El Duque de Gandía se consternó tanto al ver aquel hermoso rostro tan desfigurado, que tomó aquella piadosa resolución, y la cumplió tan bien, que la iglesia lo cuenta hoy entre sus santos, con el nombre de San Francisco de Borja.
Hay en el Triunfo otros edificios que fueron conventos y que ya no tienen importancia.
En el circo de la Plaza de Toros, y no á mucha profundidad, se encontraron hace años sepulturas, que debían corresponder al enterramento de los judíos, de que habla Dozy. Ya hemos indicado que el actual Barrio de San Lázaro debía ser una población judía en tiempo de los moros.