Renacimiento en Córdoba.

La Arrizafa: situada á espaldas de la torre de Malmuerta, hacia las alamedas del Campo de la Victoria, donde se conservan todavía restos de cuadrados torreones, cerca de los cuales Abd-el-Rhamán I plantó la primera palma traída del Yemen, para recordar el suelo de su patria; en este sitio se descubrieron lápidas con turbantes y un subterráneo que se llamó las catacumbas de San Diego.

En el Hospital de Agudos hay una capilla, hoy de San Bartolomé, que se llamaba la mosala del rey Almanzor, y que ha sido tan modificada y cambiada en su estructura primitiva, que si no fuera por sus inscripciones árabes y sus zócalos de azulejos primitivos mezclados á los del renacimiento, apenas podríamos descifrar su origen. Debe visitarse y buscarse en ella los vestigios mudejares que conserva entre las arcadas y molduras que han introducido en su débil construcción.

En muchos parajes hay trozos de murallas compuestos de grandes bloques de argamasa, fabricados unos sobre otros á manera de grandes sillares en hiladas con trabazón. Hay en la calle de Osio una torre de piedras cuadrangulares en forma romana, con almenas añadidas é impostas que graciosamente separan los cuerpos de la construcción.

En la calle de Abades se ha visto hasta ahora una importante construcción morisca, con esbeltos y magníficos arcos ojivales cerrados, con trozos decorativos muy sencillos, que acusan la existencia de alcázares y mezquitas convertidas en conventos ó casas de señorío. Pertenecen al renacimiento que se ve en la puerta de Jerónimo Páez, poco delicado, pero de grandes rasgos escultóricos, que nada debe al mudéjar, y de ese gótico mezquino con reminiscencias árabes, bajo y de hojas bizantinas, que se ve en la puerta de la iglesia de San Miguel y en otros parajes. Las torres redondas, cuadradas y octógonas que hay todavía en Córdoba, y que en mayor número se veían en minaretes y fortificaciones, prueban el afán de realizar las obras que habían visto los árabes que vinieron mezclados á las legiones bereberes, cuando cruzaron el Egipto y la moderna Cartago para realizar en nuestro suelo las formas de aquellas construcciones gigantescas.

Una cosa se observa solamente: que menos atrevidos en la magnitud ó grandeza, parece como que acortaron las medidas y la materia para reducir el ciclopeo tamaño de las obras levantadas por las antiguas generaciones.

En el Jardín del Alcázar, como es llamada una huerta á la orilla del gran río, se hallan más ejemplares de las formas citadas, prescindiendo en ellas de las colosales restauraciones cristianas.

Las torres de la Cárcel se encuentran en el mismo caso. Son en verdad testimonios de aquel genio que copió más que inventó, pero son al mismo tiempo atalayas de triste y abrumador aspecto.

En el Museo Arqueológico y en el Instituto de Córdoba, hay multitud de objetos árabes y mozárabes que atestiguan algo en favor de la cultura de aquellas edades: una cierva de bronce, fundición cordobesa, quizá de Medina Azahra; un brocal de piedra de bellísimos ornatos, época de los Kalifas, artesonados, aliceres, inscripciones y otra multitud de vestigios romanos no menos importantes. Pudiera ser este museo uno de los más ricos del mundo.