Existían antiguamente las iglesias mozárabes de San Zoilo, San Cipriano, San Ginés, San Acisclo, Santa Olalla y otras que durante la ocupación sarracena se han perdido; y sabido es que cuando San Fernando conquistó la ciudad, hacía más de cien años que los cristianos se habían ausentado de ella.
Las basílicas, pues, ya casi abandonadas, no debieron ser muy importantes; pero se observa por las deducciones que nos ofrecen algunos cimientos antiguos, que estaban construídas de tres naves, separadas por hileras de columnas, y terminadas en semicírculo. Sospechamos que la de San Fénix de Córdoba, embellecida por el Obispo Agapio II en 618, tenía los paramentos interiores con hermosas pinturas, como las de un baptisterio elogiado por Paulo, diácono en la misma época.
Se fundaban iglesias y monasterios en el siglo IX, y en medio del inmenso poderío de la corte musulmana, los obispos administraban las rentas eclesiásticas, que cuidaba un ecónomo jefe parroquial de la circunscripción mozárabe. Pagaban éstos el diezmo. A las ordenes del cura ecónomo había un número de clérigos vestidos y alimentados por aquél, el cual ejercía sobre ellos tal autoridad, que hasta podía azotarlos si no cumplían con sus obligaciones; al lado de las sencillas iglesias mozárabes había alojamientos para niños, esclavos y peregrinos, y todo el clero que servía la parroquia vivía alrededor del templo.
El culto mozárabe era: desde la mañana los maitines cantados por una capilla bien pagada; los presbíteros y diáconos, á media mañana, medio día y media tarde cantaban en coro las horas canónicas. La misa se dividía en dos partes; en la primera se leía una profecía del Antiguo Testamento, la epístola de San Pablo y una parte de los Evangelios; al Alleluya seguía el Ofertorio; para la segunda parte se mandaba salir á los catecúmenos, y el celebrante vuelto al Occidente, mandaba al pueblo que hiciese la conmemoración de los muertos; seguían los abrazos de paz, y después de la consagración y de la comunión se daba la bendición al pueblo. Se usaban las campanas, de las cuales se conserva hoy una en el Museo Provincial, en la que se ve una inscripción que claramente indica su época; se alumbraban con cera y vestían casullas capas y frontales de lana ó seda bordadas de oro ó plata.
Existían además muchos monasterios durante el período de la dominación árabe. Rara vez eran inquietados, tanto los frailes como las monjas, en esta reclusión voluntaria. En un lugar cercano á Córdoba existía cuando la conquista un convento de monjas, según los historiadores Morales y Gómez Brabo. En el río Guadamelato había también un monasterio donde se alimentaban de caza y pesca. San Eulogio eligió en la Sierra un monasterio que se hizo célebre por sus innumerables mártires, hasta que el Kalifa Mohammed mandó cerrarlo, por ser un centro de perturbación. A la orilla del Guadalquivir existía el de San Cristóbal, mencionado por los árabes;
Puerta gótica, Córdoba.
había otros muchos que están citados y que ocupan los lugares más solitarios. Generalmente los conventos de ambos sexos se situaban unos cerca de otros, y los de monjas eran regidos por los abades; en unos y otros se conservó el culto de la última iglesia goda, y la forma de los edificios era sumamente sencilla; puertas cuadrangulares con sencillos tímpanos, algunas veces arcos de herradura, cúpulas de emiciclo sobre pechinas, algunas ventanas de doble arco gótico y árabe, y los exteriores con planos y franjas de azulejos y ligeras molduras. Ya hemos dicho que en los interiores empleaban algunas pinturas sagradas, un poco menos imperfectas que las de las catacumbas.
No se puede visitar la Sierra de Córdoba sin hallar á cada paso una tradición, un vestigio de aquellas famosas fundaciones, donde se enlazan los más heróicos recuerdos de la Edad Media, grandes desgracias y martirios padecidos ante la poderosa raza invasora. Recomendamos á obras especiales el conocimiento de aquella lucha gigantesca entre los sectarios de las dos creencias que se disputaban entonces el dominio del mundo.
Antes de terminar en Córdoba debemos fijar una idea constante que preside á los monumentos de los diversos pueblos de la tierra. En el lugar mismo donde se halló el arte románico, toma después el árabe algo de sus formas y decoración, lo mismo el gótico, que viene después del árabe, se atavia con éste y atilda sus líneas con rombos y alixeres de cintas y palmas; más tarde el renacimiento sufre la misma suerte, cubriéndose de caprichosa imaginería y rebajando sus esqueletos. Esto se nota en la Puerta de Páez, que arriba anotamos, y en la portada gótica de gusto elegante y florido que apuntamos á continuación, como el mejor ejemplar de Córdoba, en este estilo.