Enumeración de las Puertas, Palacios, Arrabales y Almunias que había en Córdoba.

Puertas: de Sevilla, de la Alcazaba, de Badajoz, de Algeciras, de Hierro, de Romanos, de Asada, de Zaragoza, del Artífice, del Alcázar, de Talavera, de Amer, de Alkarchid, de la Alacaba, del Puente, de Coria, del León, del Río, de los Judíos y de Ben Alder Chabar. Todas abiertas en su cintura de murallas con multitud de Torres.

Palacios: el del Ejército, de la Rauda, del Almedina, Anahora, Jardines, de Alhair, del Kalifa, de Azorur, Sid Abillahlla, Alfarasi y Anahora.

Arrabales: el de los Judíos, del Palacio de Moqueit, del Baño de Elvira, de las Tiendas, de Aljud, Ruzafa, Raccaquín, Rauda, de la Flor del Presidio, de Xabalar, del Hornobaril, de la Ciudad Vieja, de Onsalema, de Axafa, de la Mezquita de Masrul y de Alcahfa.

Almunias: de Asarux, Alhamería, Abdallah, Achib, Mogaira y Anahora.

Dos iglesias cristianas, la del Cautivo y la del Quemado entre la población árabe.

CONSIDERACIONES
SOBRE LAS ARTES É INDUSTRIAS

Al considerar el aspecto de las habitaciones modernas en la generalidad de los casos, y las comodidades que contienen, aun con el lujo y belleza de los muebles y objetos de que nos servimos, se nota bien pronto que la España del siglo XIX tiene mucho que envidiar á la España de la Edad Media y del Renacimiento. Millares de edificios hay esparcidos en esas antiguas capitales, conservando tan ricos detalles de su construcción y tan bellas obras de ornato ámpliamente prodigadas, que su número excede á las que en nuestro siglo se fabrican con descomunales proporciones. Veamos los ejemplos en los techos de maderas embutidos y ensamblados que contamos en Córdoba, Toledo, Granada, Sevilla y pueblos de menos importancia, que no podrían hacerse hoy sin grandes dispendios. Estudiemos lo que costarían los enclaustrados de labores de talla, los mármoles de las ricas portadas y los guarnecidos de complicados arabescos, greco-romanos, etc., y aunque todos estos detalles no servían en verdad más que para decorar un patio, un andito y una sala con dos alhamíes, que bastaban á la vida de aquellas gentes, la profusión con que se hacían prueba un pasmoso adelanto en las artes. Una demostración de lo culta é ilustrada de aquella sociedad, es que jamás se halla un ornato, un detalle de madera, piedra y barro cocido, hecho por manos torpes en el que se faltase á las reglas clásicas de la exactitud, de la conveniencia, ni de la belleza, del modo cruel que se falta hoy con menosprecio del buen sentido y de las leyes generales del buen gusto.

Verdad es que aquellos antepasados participaban del espíritu de la civilización clásica, y es digno del más detenido estudio cuanto hacían y fabricaban, siendo muy raras entre sus obras las señales de la ignorancia, de la decadencia y de la miseria; mientras el arte florecía y con él la sociedad elevaba el sentimiento de su fuerza y de su prestigio. Veamos desapasionadamente si en la época en que vivimos hay en el arte que nos es propio y característico este sentimiento práctico de la belleza, que hace una necesidad imperiosa del lujo, y del ejercicio de las obras ingeniosas del entendimiento humano. El arte hoy no tiene conciencia de su misión y entonces la tenía; y entiéndase que hablamos de nuestro país, porque bien admiramos el genio de otros grandes pueblos civilizadores, que tienen su carácter y su vida consecuente con un estado social que se explica y se razona. Entre ellos hay lo que referimos de aquellas dominaciones que pasaron; la obra, el libro, la industria, el monumento, la religión, la ciencia, todo obedece á un principio levantado y progresivo, al buen sentido que adornó con genio propio, pero nunca haciendo barbarismos, chocarrerías, formas ó ideas insensatas, como se ven entre los pueblos que decaen ó viven sin la conciencia de su valer.

La industria cerámica, por el estrecho contacto que tiene con las bellas artes, merece una especial mención. Sin que olvidemos el gran desarrollo que adquirió luego, ofrece en la época del Kalifato una patente demostración de su existencia. Los pedazos de jarro de un metro de altura, hallados en Córdoba, son de arcilla de color y con labores de bajo relieve, en las que se nota el gusto de la primera época. En uno hemos visto el bizantino con acantos y cabezas de bichos fabulosos, que demuestra una época más rica en ideas y en tradiciones orientales. Aquellos vasos no tienen esmaltes de los ricos colores que se vieron más tarde; están cubiertos de verde y blanco, y muchos hay de barro solo, aunque de forma elegante, muy parecida al vaso etrusco de la decadencia. No se hallaba en ninguna parte de Europa tan adelantado el trabajo de alfarería como en España. Si se coleccionan los tiestos de jarros cordobeses y toledanos, de cuyos fragmentos se pueden hoy deducir los pedazos que les faltan, se halla un adelanto marcadísimo que continúa en los esmaltes dorados de Valencia y Málaga, y termina en la combinación de colores y reflejo metálico espléndidamente aplicados en los vasos fabricados hacia el siglo XIV: no podemos abrigar ninguna duda sobre esto, cuando hemos visto escombros de alfarerías antiguas donde se hallan fragmentos de este género de industria.