Seríamos interminables en la enumeración de manufacturas, y en los oficios mecánicos y perfectos. Pero tales adelantos, tan pasmosas obras de la civilización agarena, tenían y aún tienen entre nosotros sistemáticos impugnadores. Hay una escuela, ó una doctrina intolerante que busca afanosa en la civilización romana y gótica los gérmenes de nuestra grandeza pasada; esa escuela y esa doctrina no hallan nada nuevo, grande ni original, preciso es decirlo, en el contacto de ese mundo oriental que se trasplantó á nuestras tierras con todas las infinitas irradiaciones de su espíritu y de su inteligencia.

¿Y por qué con la brillante erudicion de esos investigadores no se ha hecho antes la luz, que ha venido después á deslumbrarnos arrojada por más imparciales y generosos escritores extranjeros? Porque en España se ha rechazado la herencia que nos legaron nuestros abuelos; porque éstos nos dominaron, y están aún frescas las heridas; y porque sostuvimos el ciego exclusivismo de una filosofía intolerante, con la que aprendimos á mirarlos como hombres sólo dignos de humillación y desprecio. Todavía no han llegado á ser verídicos para los fanáticos escudriñadores, los datos y relaciones que sobre geografía é historia descriptiva nos han legado los escritores árabes; cien textos afirmativos de un caso especial cualquiera, de origen mahometano, se desechan inconsideradamente por admitir los argumentos de uno de esos falsos cronistas que plagaron nuestra literatura con sus perturbaciones históricas[27].

¿Se supondrá que queremos preferir aquella civilización á la cristiana? ¡Cómo lo habíamos de hacer ni pensar! Aquélla se eclipsa y no pasa adelante; ésta vive todavía y es el alma de las grandezas que vemos en todas partes; pero no comprendemos que al exhumar los orígenes de la civilización gótica podamos ir á otra parte que al gentilismo ó paganismo, y que no habiendo otra línea de paso para las ciencias y para las artes de aquellos tiempos, se deseche éste que nos ofrece tan rápido y tan seguro camino. No es al Korán á quien damos crédito, ni nos ofrece más fe que los Vedas ó las leyes del rey de Bactria; pero recibimos con emulación los progresos de mil generaciones que han depositado sus adelantos en el arsenal de la industria y de las artes modernas. ¿Cómo olvidar que ocho siglos no habían de dejar más huella entre nosotros que las transitorias invasiones de los pueblos Bárbaros, ó la violenta dominación del gran pueblo que fué siempre extranjero en nuestra patria? Cuando descendamos á épocas menos lejanas, y enseñemos con otros monumentos más modernos de los tiempos árabes el desarrollo de las artes y la forma que éstas van adoptando y plegando á la naturaleza y esencia de nuestro carácter tradicional, veremos que de todas las civilizaciones, la oriental es la que ha dejado en España más elementos de prosperidad y más hondas huellas en toda clase de trabajos é industrias.

Puente, Sevilla.

PARTE SEGUNDA