PERÍODO MEDIO

ALCÁZAR DE SEVILLA

Cuando llega el período medio de la dominación árabe y nos alejamos de Córdoba, difícilmente podremos encontrar ejemplares de un estilo de transición más definido que los de este Alcázar. Preocupados con la idea de hallar en cada edad un monumento y un pueblo para cada una de las grandes transformaciones históricas, hemos olvidado que sin salir de Córdoba y de Sevilla, nos encontramos rodeados de obras que alcanzan una cronología de cinco siglos á lo menos; en cuyo tiempo el arte tomó tan diversos y extraños caracteres, que fácilmente se nota el sintoma de progresivo desarrollo, que como todo lo grande y trascendente, había de presentar para adquirir la influencia que aún conserva en el presente siglo.

En Córdoba tenemos ejemplos para demostrar el adelanto de aquella civilización que sucumbió con el Kalifato; pero sin duda es más cómodo y más oportuno visitar los alcázares donde se encuentra cuanto lujo y fantasía puede crearse en un tiempo determinado, y los de Sevilla producen en nuestro ánimo un encanto especial, reminiscencia sublime de antiguas y profundísimas transformaciones sociales ó de inolvidables acontecimientos, que no puede separar de nuestra mente más que el aspecto anti-artístico de la malhadada restauración, que un afán poco ilustrado de ver el edificio deslumbrante de colores y oro ha podido llevar á cabo con descuido de los preceptos arqueológicos más vulgares.

El Alcázar de Sevilla no es una obra clásica, ni aparece hoy á nosotros con ese sello de originalidad y de indeleble carácter que acusan las obras antiguas como el Partenón, y las modernas como el Escorial; en aquéllas por espléndida sencillez, y en éstas por extrema prodigalidad de dimensiones y de taciturna grandeza. En el Alcázar de Yacub Yusuf ha desaparecido el prestigio de una generación heróica, y ha venido á representarse en él la existencia de los cristianos reyes que lo vivieron y enriquecieron con las mil páginas de nuestra gloriosa historia. Los almohades, que imprimieron en él sus más puros recuerdos africanos en 1181, y Jalubí, que seguramente había seguido á Almehdí en la conquista de África, dejaron en sus muros trazerías románicas cogidas en las ruínas de los pueblos dominados. San Fernando que lo conquistó, D. Pedro I que lo reconstruyó, D. Juan II que restauró los más preciosos salones, los Reyes Católicos, que hicieron construir en su recinto oratorios y estancias, Carlos V que añadió más de la mitad con el estilo modulado de esa época renaciente y sublime para el arte moderno, Felipe III y Felipe V, ensanchándolo más todavía por encima de algunos desenterrados cimientos de los edificios que lo rodeaban, todos y otros muchos de los príncipes y magnates que lo habitaron durante seis siglos, modificaron de tal modo su primitiva construcción, que ya en el día está muy lejos de ser el monumento del arte oriental, por más que lo hallemos cubierto de hermosos arabescos y engalanado con los más vistosos artesones y almocarbes.

Lo que han construído tan distintas generaciones en el Alcázar, le ha hecho perder su carácter mahometano. Convertido en una de esas antiguas casas de señorío pertenecientes á épocas más modernas, no se ven en él las salas voluptuosas del harem, ni el retiro silencioso para las oraciones, ni los baños, ni los estanques, ni los fuertes baluartes sobre que debían apoyarse las galerías que por los adarves comunicaban con ricas algorfias labradas en el fondo de los cuadrados torreones. No es que aquí el arte árabe revistiera formas distintas de las que se ven en el resto de España, sino que nunca los palacios fueron construídos lejos de los murados recintos; antes bien, los formaron con éstos y los unificaron hasta sacrificar la decoración exterior á los trabajos de fortificación y defensa. Si hay signos de grandeza cuando nos acercamos á este palacio, no hay que buscarla en su estructura, sino en los cien remiendos y adiciones que ha experimentado, y en las sólidas paredes de los palacios del emperador dominando los restos pulverizados de esos castillos, que protestan siempre de la glacial indiferencia con que han pasado sobre ellos altivas generaciones. Y si por un lado no ofrece duda que éste sea el viejo muro ó la antigua y destrozada torre, por otro no encuentra el viajero sediento de las impresiones que dejara el mundo pasado, más que esos cuadrados recintos, los cenadores y salas rectangulares de las casas del siglo XVI; nada majestuoso como la Giralda; nada, en fin, esencialmente oriental como la mezquita que hemos visitado; nada fantástico y pintoresco como los alcázares granadinos. En él, solo se ve la crónica de un arte manejado por mil artífices que obedecen á diversas creencias, y que representa el efecto de un juego de niños apoderados del local donde se guardaban las obras de sus sabios abuelos, más bien que la concepción apasionada de aquellos terribles agarenos que invadieron en cincuenta años la mitad de la tierra.

Así, pues, hay que desdeñar ese cúmulo de construcciones, portales y pasadizos sin concierto que se encuentra antes de la puerta del alcázar, y fijarnos en esta primera joya de la diadema, como la apellida un conocido poeta sevillano. Es indudable que hay en la composición de toda esa portada un origen árabe, y que toda la parte superior, desde el friso de la inscripción gótica, es puramente mahometana, según el estilo pérsico muy usado en los pórticos de las mezquitas del primer

Fachada del Alcázar, Sevilla.

período en Asia. Sus dos resaltos ó pilastras en toda la altura, y los encuadrados de labor en la parte baja son propios del árabe; pero los balcones con arcos y columnas bizantinas, capiteles romanos, curvas redondas y angreladas, y linteles en los huecos con resortes góticos, son indicios de que la reconstrucción hecha en tiempo de D. Pedro y las restauraciones posteriores, no han cambiado por completo, pero sí han modificado su primera forma. Para nosotros hay en el conjunto pureza y conservación de su antiguo trazado, y algo mas de lo que han hallado algunos críticos ateniéndose á la inscripción; otras obras existen, penetrando en el palacio, menos árabes que ésta. Los escudos y leones entrelazados á los adornos no son nunca parte integrante de su ornato; pues bien puede observarse que para colocarlos debieron sacar motes y escudos mahometanos que llenaban estos pequeños espacios.