El arte en Sevilla llevaba otro camino, era más cristiano, y no había llegado á modificarse como en el reinado de los Ansares de Granada. ¡Cómo se distingue á primera vista el arabesco hecho en uno y en otro edificio! Más bizantino, más tosco, menos simbólico, más confuso en Sevilla; las inscripciones cúficas y los mosáicos más ricos y complicados que los que se ven en Granada, donde ni las columnas, ni los capiteles, ni los gangrelados de los arcos, ni los aleros, ni los techos, ni nada, en suma, se parecen á los de aquí. Cualquiera que sea un poco práctico en el uso de estos ornamentos, descubrirá en seguida que no son muy claras en el Palacio de Sevilla las huellas del arte árabe pérsico y primitivo, del mudéjar y del renacimiento, por las mil transformaciones á que dió lugar el capricho de los que lo habitaron.
Planta del Alcázar, Sevilla.
Constituía este Alcázar en tiempo de los árabes un sistema de construcciones adosadas á las murallas y torres que circunvalaban la población, las cuales no tenían la forma simétrica de las plantas rectangulares que acusan los edificios del Renacimiento. Tal como hoy se descubre, nada tiene de los palacios de Egipto, de Siria, ni mucho menos de los de África. Esos andenes levantados al lado unos de otros, dan á este edificio el aspecto de una casa cristiana del siglo XV; y en nuestro concepto solo merece su planta el nombre de árabe en la parte que abraza el Patio de las Doncellas, la Sala de Embajadores y los aposentos inmediatos á éste. El resto está todo trastornado. Los Patios de Banderas y la Montería guiaban al de la fachada principal donde se ostenta el primer ejemplo de decoración musulmana. En todos estos pasadizos no se revela el monumento más que por vestigios de almenas, torres y murallas donde se abrían las primitivas puertas y donde los sultanes tenían aposentos para oir las querellas de sus súbditos, lo mismo que los reyes cristianos perpetuadores de esa antigua costumbre; y en el Patio citado de la Montería todavía se conserva un cuarto llamado de la Justicia, donde todos los escritores suponen la celebración de estas audiencias perpetuadas por los alcaides del tiempo de D. Enrique III. Del Patio Grande hemos ya mencionado esa hermosa portada que no descubre del gusto almohade puro más que su distribución y trazados, mientras sus detalles han sido sacrificados á la influencia mudéjar y gótica.
Desde la puerta hasta el Patio de las Doncellas había tres zaguanes interrumpidos por pasadizos que hacían la entrada difícil y misteriosa, pero de los cuales no quedan sino ligeros fragmentos. Ya hemos mencionado la impresión que produce este patio entre los que esperaban hallar los estanques, las fuentes y los anditos coronados de cúpulas y minaretes como los del Yemen; aquí no hay nada de aquella fantástica tradición; solo un enclaustrado ornado de arcos arrogantes y esbeltos interrumpiendo los frisos nivelados de la primera cornisa.
Son los capiteles en todo monumento lo que más le caracteriza, y descubre su origen y estilo peculiar. Los del patio de las Doncellas sobre columnas blancas de Filabres y basas áticas, no son más remotos que de fines del siglo XVI, y aun diríamos posteriores, porque plagada está la ciudad de Sevilla de estas hojas de acanto pegadas al collarino bajo pequeñas volutas. No así los pilastrones entre arcos que se alzan encima de aquéllas, cuya antigüedad remonta, á no dudarlo, hasta el siglo XIII; en unos las picadas hojas bizantinas, en otros el renacimiento especial sevillano, en otros mudéjar, gótico y plateresco, combinaciones caprichosas de gusto delicado y esmerada ejecución. Los trapecios calados bajo el arrabá de los arcos contienen mezcladas al árabe algunas alusiones de figuras grotescas, que pusieron manos cristianas entre las comarraxias muslímicas. Este gran patio no contaba en su primera obra con la galería segunda levantada después destruyendo el hermoso alero de peral, que avanzando cerca de tres pies, libraba á los arabescos de las lluvias; algunos entrecanes y nichos de él se han visto en las modernas armaduras ó cubiertas del edificio.
Pebetero (detalle).
Hay tres grandes nichos ó huecos en el lado de la capilla, que algunos creen tronos ó divanes que el rey D. Pedro utilizaba para dar audiencias. Para nosotros son tres pasadizos tapados que comunicarían en tiempos agarenos con el serrallo, situados seguramente, á juzgar por la planta peculiar de los