La Giralda.

Circundada de gruesos muros, cuya mitad se alzaba sobre los arenales del río, y la otra parte ceñida de fosos que se llenaban con las aguas de aquél, contaba Sevilla á fines del siglo XVI numerosos vestigios árabes, que han ido desapareciendo poco á poco, pero que el atento arqueólogo descubre sin trabajo. Todavía en el siglo citado contenía dentro de murallas la más numerosa población de España, no inferior á la de los Almoravides, con su puente de once barcas, donde se halla próximamente hoy el de hierro. Alcanzaban las murallas una circunferencia lineal de más de 17.000 metros con torreones de argamasa morisca y 12 puertas decoradas de ladrillos rojos, á la usanza de la Giralda. Los tres arrabales que hoy cuenta existían antes de la conquista poblados de judíos, y las espaciosas casas que encierran no lo fueron así siempre, pues han sido copiadas más bien de los muchos palacios árabes que había entre esos copiosos arrabales constituídos por las apiñadas moradas de los mahometanos.

Los nombres de las puertas, según el plano de 1565, eran entonces del Arenal, frente de Triana, la de este nombre, á la derecha, y luego la de Gules, de San Juan, Almenilla, Macarena, Córdoba, del Sol, del Osario, de Carmona, de la Carne, de Jerez, del Carbón, de la Plata, y otras que han sufrido modificaciones y perdido su carácter sarraceno; pero cuyos nombres son, en algunos casos, semejantes á los que se conservan todavía en Córdoba y Granada.

En toda la hermosa ciudad de Sevilla hay casas más ó menos importantes que revelan el gusto desarrollado en el Alcázar del rey D. Pedro. La de Pilatos es su reproducción en menor extensión y riqueza, donde los mosáicos, arcos, capiteles y frisos se ven como representando el barroco del árabe, y donde figuran el gótico de la Catedral y el renacimiento de Carlos V, entre las hojas bizantinas y las trazerías mocárabes. Es una casa solariega del siglo XVI que demuestra la existencia de centenares de otras donde se hallaban mezcladas como aquí, fábulas de la mitología en esculturas, vasos y pavimentos, modelos mutilados del paganismo, antigüedades, bibliotecas, tapices, tablas italianas, retratos en las techumbres y frisos, fuentes, etc., y cuanto cabía en estas mansiones señoriales, donde se refugia el furor del renacimiento y la instrucción artística y literaria de la época, bajo el espíritu de religiosa altivez que sellaba todas estas obras. Piadosas tradiciones renacen á cada paso en estos edificios, de las cuales no debemos hacernos eco, por las mil vulgaridades que alimentan.

Estudie el viajero la Cella de la Capilla con bóveda ojival, rellena de arabescos, la escalera con bellos alizeres y techumbre, y otros muchos objetos que proceden de la antigua Sevilla ó quizá de las ruínas de Itálica, donde se han hecho inmensas excavaciones desde los últimos veinte años, para cuyos detalles y su historia creímos oportuno, antes de esta fecha, tomar el croquis de tan interesante ruína, según lo consignamos, como estudio comparativo de diversas edades.

El Palacio de los Duques de Alba ó de las Dueñas, la casa de Abades, la de Bustos Tavera y otros que nos contó Zúñiga, son y eran ejemplares de ese arte indefinible que no tiene verdadera expresión característica, el cual se levantó en mil caprichosos edificios majestuosos en su conjunto, y de los que ninguna población tuvo tantos como ésta. Su descripción sería fatigosa, ciñéndonos por tanto á marcar la obra más interesante del arte puro arábigo, que es allí la Giralda ó antiguo minarete de la gran mezquita que ocupaba el asiento donde se construyó después la Catedral que hoy existe, la cual ostenta más que otro edificio en sus fachadas por el lado de la Puerta del Perdón, la continuada transición del árabe al gótico y hasta al renacimiento, mezcla extraña que, como ya hemos dicho, no toma jamás carácter propio y expresa ideas incoherentes de tiempos muy distantes.

La Giralda es, pues, el monumento más expresivo de la dominación agarena y el que, á pesar de lo que se ha dicho sobre su estructura mauritana y estilo primitivo africano, es para nosotros una obra perfecta del arte árabe. Distante su construcción cuatro siglos á lo menos de la de alguna torre granadina, como la que hoy pertenece á la iglesia de San Juan de los Reyes, no existe diferencia en la manera de ornamentar una y otra, y sus rombos de ladrillos agramilados, sus festones de barros cocidos, y los ajimeces con los angrelados y lóbulos, manifiestan arcos ó segmentos de curvas con todas las variantes del alcázar granadino. Aparece en ella perfectamente el origen del arco apuntado sobre estirados arranques del mirador de Lindaraja de la Alhambra, el de colgantes de las tres entradas al Patio de los Leones, el festoneado del Patio del Estanque y todas esas formas que tomaron después tal lujo y delicadeza, como no se vió en parte alguna. Es en la Giralda donde se hallan los principios del verdadero arte decorativo, fabricado con ladrillos almadravas de robusta construcción, como lo exigía la fachada de un elevadísimo alminar. Lástima que tan hermosa torre se halle coronada por un cuerpo tan extraño, que no nos permita figurarnos su antigua cúspide, sus remates dorados y sus brillantes azulejos.

He aquí un precioso texto árabe[40] sobre la fundación, antigüedad y hermosura de este monumento: