Tercero: en las obras de argamasa de tierra cuarzosa y cal con pequeños cantos de piedra menuda rodada, apisonando una capa de cal y otra de arena sucesivamente, como ya hemos referido sobre los prolegómenos de Ben Jaldum, cubriendo esta fábrica con los claros de puertas y tragaluces de mármoles más ó menos finos y ladrillos vidriados; cuya estructura marca los siglos XIV y XV. Y cuarto: las obras de aristas de sillería y planchas marmóreas fuertes y uniformes, grandioso y duradero en su conjunto que se ve aquí conteniendo y recalzando los grandes macizos de los arábigos torreones. Épocas bien distintas que se descubren á poco que meditemos sobre la forma constructiva de cada período histórico.
Tal es el conjunto de la Alhambra, su desarrollo, su crecimiento y su ruína, restándonos entrar en los detalles interesantes, cuyas descripciones completan el bosquejo de este singular y pintoresco museo de la Edad Media en la Damasco de Occidente.
Principiemos por el primer monumento que se halla:
La Puerta Judiciaria, antes Bib-Xarca.
Pasado el Pilar del Emperador se descubre una gran torre cuadrada de setenta y cinco pies de altura, sorprendente por la magnitud y fortaleza de sus muros, y semejante á las que con igual objeto se han edificado por los musulmanes en África y Asiria. Delante de su arco principal veíase un muro enlazado con la Torre Redonda que hay á su pie, el cual marcaba una entrada en comunicación con otro camino que partía desde las otras torres del recinto. Ese arco elegante de la fachada descubre otro segundo de la misma forma y más ataviado con recuadros, rombos y dovelas de resalto en mármol blanco de Macael, sobre el cual se asienta una ancha inscripción de la misma materia, cuyo texto, enseñándonos su objeto y antigüedad, dice así:
«Mandó construir esta Puerta, llamada Puerta de la Ley (haga Dios por ella prosperar la ley del Islam, así como ha hecho de ella un monumento de eterna gloria) nuestro Señor el Príncipe de los muslines, el Sultán guerrero y justo Abul Hachach Yusuf, hijo de nuestro Señor el Sultán guerrero y santificado, Abul-Walid ebn Nasr. Recompense Dios sus acciones puras en el Islam y benigno acepte sus hechos de armas. Fué construída en el mes del engrandecido nacimiento (del Profeta) año 749 (Egira). Haga Dios de ella una potencia protectora, y la inscriba entre las acciones buenas y perdurables».
Este arco segundo que da entrada al interior, tiene una puerta con doble forro de plancha de hierro claveteada de pasadores y un enorme cerrojo con pestillos de forma morisca, conservada tan perfectamente, que puede juzgarse del estado de esta industria en aquel tiempo. Penetrando en el interior se ven los armeros de las cien lanzas que dejó establecidas aquí Don Fernando V. Encima de la puerta hay una labor de arabescos hecha de arcilla cocida y barnizada con esmaltes de colores, en cuyo centro se hizo abrir un nicho para colocar la imagen de la Concepción sobre una repisa, donde están grabados el yugo y las flechas, distintivo de aquel reinado. La escultura, aunque de poco mérito é impropia del lugar donde está colocada, se ha creído por algunos que era de Sangronis, pero nada conduce á esta afirmación. Lo mismo puede decirse del retablo en forma de oratorio que se colocó dentro para que oyeran misa los veteranos de esta fortaleza, y cuyos cuadros son de tan escaso interés que apenas merecen mencionarse (1588).
Llama la atención en el interior de la Torre una lápida de mármol con una inscripción, cerca del mencionado retablo, y de notable interés. Está trazada con caracteres góticos y dice así: «Los muy altos católicos y muy poderosos Señores Don Fernando y Doña Isabel, Rey y Reina nuestros Señores conquistaron por fuerza de armas este reino y ciudad de Granada: la cual, después de haber tenido S. A. sitiada mucho tiempo, el rey moro Muley-Hacen la entregó con su Alhambra y otras fuerzas á dos días de Enero de mil cuatrocientos noventa y dos. Este mismo día SS. AA. pusieron en ella por su Alcaide y Capitán á Don Iñigo López de Mendoza, Conde de Tendilla, su vasallo; al cual, partiendo SS. AA. de aquí, dejaron en la dicha Alhambra con quinientos caballos y mil peones; y á los moros mandaron SS. AA. quedar en sus casas, en la ciudad y sus alcarrias. Como primer Comandante, dicho Conde hizo hacer este aljibe». Se dice que esta inscripción estaba colocada en la inmediata plaza de los Aljibes sobre la gran cisterna que hay en ella, y que en tiempo del Emperador se trajo á este paraje para evitar que quedara bajo los escombros de los edificios arruinados; y á nosotros nos llama la atención cómo no se colocó en la puerta de la cisterna después de los citados hundimientos. Todo el mundo está en la creencia de que los aljibes á que se refiere son moriscos; pero nosotros que hemos penetrado en ellos, los creemos de construcción posterior á la conquista y en este concepto la lápida pudo ser de aquel sitio; mas siempre queda la duda de que los mismos descendientes del marqués de Mondéjar la variaran de lugar, y que en el tiempo que se hacía el palacio de Cárlos V no hubiera medios de dejar esta inscripción en su sitio, sobre los pilares de los pozos por donde se extrae el agua.
Como se ve, la torre es de mucha solidez y debió estar coronada de almenas como las demás de la fortaleza, con cuyo remate sería más elegante. Sus bóvedas y sus arcos son del mejor período sarraceno. Está acribillada de balazos de arcabucería por uno de sus costados, y es la más directa comunicación entre la Alhambra y la Ciudad.
Debemos ocuparnos aquí de los dos emblemas ó símbolos que se ven en las claves de los arcos de entrada: la una tiene esculpida una mano y la otra una llave. Bellísimos cuentos se han escrito sobre estos símbolos, que conocidos entre los más, figuran que los árabes tenían tal idea de su poder y confianza en la ley, que estaban persuadidos de que hasta que la mano esculpida bajase á tomar la llave, no podría abrirse la puerta de este Alcázar á los enemigos de su fe. Pero hemos visto esta misma llave cincelada en otras puertas, y hemos buscado en otro fundamento su significación. En el Korán se lee: «Dios no entregó las llaves á su elegido con el título de Portero y con facultad de dar entrada á los enemigos.» Era, pues, el signo principal de la fe muslímica y representaba el poder de abrir y cerrar las puertas del cielo. Se asegura que la mano también era un blasón de los moros andaluces que usaban en sus estandartes y banderas desde la entrada en España, alusivo á Gebel-al-tarif ó Gibraltar, Monte de entrada, como poseedores de la llave que abrió sus puertas.