Su construcción y embellecimiento es del mejor gusto morisco. Todo el jardín que tiene delante lo ocupaba una hermosa alberca, cuyos cimientos se conservan todavía. La casa ha sido tan reparada y cambiada en su estructura, que apenas hoy puede señalarse con exactitud la primitiva forma y dimensiones. Parece, sin embargo, que era un vestíbulo, cuyo techo se ve hoy en la antesala del piso segundo, largo y estrecho, del cual se pasaba á una sala cuadrada de mucha altura, dividida ahora por un suelo para conseguir de ella dos habitaciones. Sus mosáicos y arabescos han sido cubiertos de una espesa capa de pintura al aceite, de color grosero y caprichosamente repartido; nótase, sin embargo, bastante belleza en la antigua decoracion, en el artesonado de madera y en otros accesorios que fueron bárbaramente estropeados. Esta casa pertenecía, no hace todavía cincuenta años, al Real Patrimonio, y fué vendida por una corta suma, inferior á su verdadero valor arqueológico.
Lo más notable de ella es la torre ó mirador que está revestido de los adornos más preciosos, delicados y menudos de toda la Alhambra, los cuales se conservan regularmente y los recomendamos como la mejor muestra del trabajo arabesco. Alternan en ellos las letras cúficas y africanas con motes y versos que están incompletos, entre los que se lee un pequeño poema, como todos lleno de fantasía.
Puerta de los Siete Suelos.
A la derecha de este edificio hay un grupo de casas miserables, que pertenecieron á Don Alvaro de Luna y pasaron al dominio de la Corona[67]. En lo antiguo eran dependencias de los alcázares, y como tales, se ocuparon por moriscos en tiempos del primer conde de Tendilla.
Después, en el Partal[68] propiamente dicho, sólo hay ruínas de casas moriscas que no tienen enlace con el palacio, porque los muros se cierran aquí completamente; y todo el espacio ocupado por las huertas inmediatas conserva ruínas de edificios, entre los que se hallaría el que Ismael dedicó á su mujer predilecta Zeineb, cuyas rivalidades con Jadicha obligaron á este príncipe á construirle una casa, separada de la que le había regalado el sultán su hermano.
Torre de la Vela.
En el plano se verá la distribución de todas las torres, cuyo número era de treinta y siete antes que los franceses, en 1810, destruyeran las que están en ruína; las restantes conservan nombres de tradición ó de circunstancias modernas que les han impuesto sus modificaciones. Son las más antiguas las de la Alcazaba, en cuyos fundamentos se construyeron y ensancharon las que hoy existen, las dos torres principales tituladas del Homenaje, construídas antes de la Judiciaria, y la de la Vela, llamada de Giafar, que ya tenía una campana en tiempos árabes, según contaban los moriscos de la insurrección, diciendo que su sonido les preludiaba grandes desastres. Parece que los Reyes Católicos mandaron colocar una campana en ella para señalar las horas de recogimiento durante la noche, á lo cual podemos añadir que en 1569 se hizo una para esta torre por un tal Juan Vélez, que fundió los argollones del palacio del emperador, y que en 1595 se vació otra con el metal de la anterior, hasta que por último, en 1773 se hizo la que hoy existe para anunciar á los labradores de las cercanías las horas de los riegos. Esta torre fué el verdadero vigía de los árabes, y en ella se tremoló por primera vez el pendón castellano el 2 de Enero de 1492 á las tres de la tarde, cuya ceremonia se repitió luego durante mucho tiempo en el mismo sitio.
En esta Alcazaba cabían perfectamente 1.500 guardias bajo las bóvedas de sus adarves y torres, incluyendo el cuartel que hay cerca de la torre avanzada del lado Norte, por cuya caserna se introducían los cañones que mandó colocar en la plaza más baja el conde de Tendilla. Los adarves del lado Sur fueron completamente restaurados en 1529.
Hay en este elevado sitio dos puntos de vista más que encantadores, sublimes, desde los cuales parece como que se pretende abarcar todo aquel territorio que dominaron los nazaritas durante dos siglos y medio. De él no se distinguen, en verdad, sus confines dilatados hasta Algeciras y el Cabo de Levante, pero sí se descubren los lugares que cantaron los poetas, campos de heroismo y de caballerosidad. Una naturaleza pródiga de vegetación y sorprendente por sus elevadas cumbres, da al recuerdo de aquellas escenas de valor un cuadro tan espléndido, como no podrían imaginar mejor los poetas olímpicos. Desde el jardín de los adarves, y mejor todavía desde la empinada torre que lo corona, se ve la inmensa mole de una montaña que domina las mas grandes alturas de los Pirineos y se baña en las saladas aguas del mar por un lado y en las húmedas colinas y valles del otro. La pintoresca vega que dió nombre á Garcilaso se extiende á sus pies, y contemplan este admirable grupo las más bajas montañas que en forma de anfiteatro asoman sus cabezas en armonioso orden y concierto, como á presenciar las angustiosas batallas de las últimas conquistas. Cien pueblos con millares de caseríos se destacan como blancos antílopes pastando en las praderas del Genil y del Dauro, y los rojos baluartes fabricados con afanoso cuidado en aquellos días de encarnizada lucha para guardar los tesoros del harem, revelan los misterios de una época gloriosa á vencedores y á vencidos, tan simpática y bella como el asombroso paisaje que se contempla en contorno de la mágica Alcazaba. Suspirando y meditabundo como iba Boabdil camino del Andaráx, se retira siempre el viajero de este sitio renombrado y mil veces famoso.