Andrea Navagero se explica en 1526 con mayor alabanza sobre este aposento, el mejor, dice, de todo el palacio.

Sin salir nosotros del terreno del arte, único en que debe tratarse este asunto, ya hemos dicho nuestra opinión y añadiremos: que en ninguna sala hay tanto lujo de ornato, pues que hemos contado en ella 152 trazados distintos, cada uno más original que el otro, y muchos de ellos tan perfectos, que parecen de la última época de la dominación agarena.

Hay además preciosos y diminutos detalles sobre los relieves, hechos de azul y negro, tan finos que sorprenden por el inmenso costo que hoy ocasionaría repetirlos con la misma precisión y habilidad.

En 1588 restauraron esta sala Manuel del Pino y Luis Cerrillo, pintores ambos que contrataron hacer la imitación de sus colores y oros, en la misma manera y aspecto que se hallaban los antiguos, para no quitarles á éstos su encanto.

Después, por los años 1592, se hicieron obras en los muros y en la parte de fachada, y en 1609 se renovaron los arabescos de todos los apilastrados que hay entre los arcos de entrada á los balcones, pero con tan mala suerte, que todavía se notan bien las planchas de labor colocadas sin repasar ni atairar. Las vidrieras se pusieron en 1595 por la suma de sesenta ducados.

Más tarde, á fin del siglo XVIII, se abandonaron estas salas, se mutilaron inscripciones, colocando mitad al revés y mitad al derecho[97], y por último, hacia 1830 se pintaron groseramente, con motivo de la visita que hizo á esta ciudad el infante D. Francisco de Borbón.

En 1686 amenazaba á esta torre un hundimiento sobre el río Darro, y para evitarlo se construyó parte del cimiento, desde cuya obra desapareció la inscripción romana que estaba colocada al pie del revestimiento, la cual se trasladó á una casa de la Alhambra, hasta 1833, en que se perdió. Por último, en 1857 y siguientes fuímos encargados de reparar los arabescos hundidos de la mayor parte de los alhamíes, los frentes de los ajimeces y ventanas caladas que habían desaparecido, restableciendo los mismos arabescos antiguos y reproduciendo los que faltaban en igual forma, para evitar mayores ruínas. En los paramentos interiores de la sala aún queda mucho que restaurar de las obras modernas.

En 1776 cayó sobre su hermosa techumbre de alizares la bóveda que cubría esta algorfía, cerca de las almenas, y no le hizo más daño que haber doblado los maderos. En la escalera que sube á lo más alto se hallan las habitaciones del alcaide que tenía la llave de la torre, semejantes á las que se habitan hoy en las fortalezas del imperio de Marruecos.

Las inscripciones que no hemos apuntado son suras y alabanzas repetidas; pero vamos á fijarnos en otras más interesantes. El nombre del Sultán Abul Hachach está escrito entre los adornos del arco de entrada, y alrededor de los nichos se halla el de Yusuf; también en el alhamí del centro se encuentra escrito este nombre, y sólo en un paraje pequeño de la Kubba de la izquierda se ve el de Abu-Abdillah, lo cual prueba que se construyó en tiempo de Abul Hachach Yusuf I, hacia el año 1354, el Sultán que fué asesinado por un loco, hermano de Mohamad IV, en cuya época la obra pudo estar ya comenzada, según consta, por existir también aquél nombre en un solo lugar de este aposento.

Otra inscripción hay en la alcoba del centro, y en metro tawil, la cual por sí sola revela cuál era la consideración que esta gran sala tenía entre los árabes, y cómo se compara en ella la magnificencia de su elevada cúpula con las pequeñas y no menos bellas de sus alhamíes. Dice así: