En las galerías se encuentran capiteles de antigua forma y pura degeneración bizantina, que vuelve á acercarse á la arquitectura hispano-mahometana del siglo XII. Son notables estas columnas, que debieron traerse aquí de otros edificios más antiguos, y que marcan bien una transición en el gusto árabe, tendiendo á regularizar la forma cúbica que se determinó francamente en los capiteles del Patio de los Leones. Las inscripciones de los del corredor alto, donde hay dos muy bellos de colgantes, son las leyendas sura 11, vers. 90 y la 65, vers. 3.º.

En la bóveda, bajo la torre de Comareh, hay dos estatuas[136] y un medallón que representa la fábula de Júpiter y Leda. Las tres esculturas son menos que medianas, y de un interesante trabajo presentado el año último á la Comisión de Monumentos, resulta: que estas tres esculturas y las del altar de la capilla que luego describiremos, debieron ser parte de las piezas de una chimenea que se adquirió para el palacio á mediados del siglo XVI[137].

El pueblo, dado siempre á lo maravilloso, ha creído hallar tesoros en las ruínas de los monumentos árabes. La rebelión de los moriscos, las persecuciones crueles que sufrieron, la expulsión horrible que luego los exterminó, han proporcionado el hallazgo de muchas alhajas, libros, amuletos y monedas que han hecho la suerte de algunas familias; pero esto, que se encontraba fácilmente en los pueblos, aldeas y caseríos, no se halló jamás en los palacios reales, porque los reyes salieron de ellos llevando consigo cuanto poseían. Los vasos llenos de oro, las arcas de hierro y cuanto se ha querido suponer hallado en este sitio, es una torpe invención, porque las estatuas no pueden ser del tiempo de los árabes, y por consiguiente la escritura mahometana que reveló el secreto del tesoro no podía referirse á ellas.

Todos estos subterráneos son los viaductos de circunvalación que comunicaban todas las torres de la Alhambra.

Peinador de la Reina y Mihráb de los musulmanes.

Desde él se descubre un hermoso panorama: el Albaicín, ciudad antigua; las murallas árabes construídas á expensas del obispo D. Gonzalo; las casas bajas del barrio del Hajariz; el Seminario de San Cecilio, lugar de recuerdos piadosos; los amenísimos cármenes[138]; la ermita de San Miguel sobre el fuerte del Aceituno, sitio en el cual los mozárabes veneraron esta imagen desde el tiempo de la invasión; la Alcazaba vieja, últimos edificios más elevados sobre la montaña, primera residencia de los zeiritas y también de los primeros walíes trasladados de Illiberis; el Generalife sobre el collado de la derecha, parte velado por la inmediata torre de las Damas, descrita por Argote[139], y en el fondo de esta bellísima comarca corre el Salom (hoy Darro) que, como decia Mármol, viene de la montaña de los mirtos y dan oro sus arenas, hasta mezclarse con el caudaloso Singilo ó Genil, antes de recorrer juntos la deliciosa llanura de Granada.

Esta torre ó alminar no estaba dispuesta en su origen como hoy la vemos. El corredor que la circunda era entonces de aguzadas almenas; las nuevas ventanitas, de alicatados tragaluces, y bajo el suelo que hoy tiene se halla el pequeño templete que se elevó al sultán Abul Hachach en memoria de su bienvenida[140]. Descubiertos sus lados por Oriente, en él esperaban los emires la venida del sol, y en su aislado recinto murmuraban el santo rezo de la mañana. La inscripción de la techumbre y la puerta, por bajo de la que hoy tiene la torre; las salutaciones y versos koránicos sobre las columnas y cartelas de la sala baja; las trazerías de acicafes en los zócalos (únicos ejemplares de todo el edificio), demuestran harto bien el sublime objeto de la obra. Los ajimeces, cerrados hoy con mezquinas ventanillas; las pinturas de estilo pompeyano; el perfumador para las ropas de las damas cristianas; en fin, todo ese conjunto de árabe y renacimiento arrojado aquí en desorden extraño é incomprensible, han privado á este alminar de su primitivo carácter y encanto.

He aquí sus inscripciones:

En la fachada:

«Al feliz arribo de Abu Abdallah, hijo de nuestro señor el príncipe de los muslines Abul Hachach».