En la techumbre alta:

«La ayuda de Dios y una victoria grande para nuestro señor Abul Hachach, príncipe de los muslines. Que sean magníficos sus triunfos».

Sobre la obra mahometana se hallan estampadas las huellas de los pinceles italianos del renacimiento y, aunque maltratadas las paredes, puede muy bien descubrirse la preciosa decoración de los rafaelescos atribuídos á Julio Aquíles y Alejandro, pintores desconocidos en Italia, pero que aquí aparecen como autores de un trabajo admirable en color, delicadeza y dibujo, muy poco común. No hay duda sobre la autenticidad de los citados autores, toda vez que hallamos un legajo del archivo de la Alhambra, donde se ve que Pedro Machuca, director de las obras de las casas reales, vieja y nueva, hace una tasación en favor del mencionado Julio Aquíles, pintor de imaginería y grutesco, el año 1546, entre cuyas partidas hay algunas referentes á las de la estufa, como se nombraba entonces[141]; y otro legajo de aquel tiempo nos da á conocer que un tal Alejandro, cuyo apellido no hemos podido descifrar, presentó cuenta al conde de Tendilla reclamando el pago de pinturas hechas, año 1538; y es muy rara la diferencia de fechas, á no ser que se refiriera á las de la sala de las Frutas y sus paredes, que también estuvieron pintadas como las demás, en tiempo de Carlos V.

Por otro lado hemos tenido ocasión de consultar con el Sr. Morelli[142] sobre el mérito de estas obras y sobre la existencia del referido pintor Julio Aquíles, y nos aseguró que no existió en Italia pintor notable de este nombre en el siglo XVI á quien se pudieran atribuir tan bellísimos ejemplares de ornamentación. Esta respetable opinión y lo poco explícito de los datos que tenemos á la vista en las referidas cuentas, puesto que no se tasan por el citado Machuca más de algunas de las pinturas que aqui vemos y quedan sin tasar la mayor parte de las más delicadas y hermosas, nos hace sospechar que algunos otros documentos debieron extraviarse del archivo, donde tal vez se hallarían los nombres de otros pintores.

Por desgracia, el afán que han tenido siempre los viajeros de dejar sus nombres estampados en las paredes de los edificios que visitan, acabará por destruir estos preciosos ornatos[143]. Las logias ó lochas están mejor conservadas, porque se hallan pintadas al óleo (á pesar de lo que en contra se ha dicho); los cuadros de figuras se hallan más confusos, porque han sido retocados al temple; y las hojas de acanto, los animales fantásticos, las frutas y flores, la gracia, en fin, con que todo está compuesto y extendido por la pared y alfréizares, distinguen esta obra de todas las que se hicieron en España por aquellos tiempos.

Los cuadros que representan batallas y combates navales, que hay en el primer aposento, no nos sorprenden por esa perspectiva caballera de los tiempos de Giotto y Cimabúe; pero su mal efecto está compensado por la precisión de los detalles, que se distinguen perfectamente y que son verdaderas miniaturas; así, en los galeones pueden verse los trajes de marinos y soldados, y en el paisaje, la condición y género de los edificios y baluartes.

Hasta recientemente[144] se ha ignorado el asunto de estos cuadros, y hoy podemos asegurar que representan la empresa contra Túnez, que acometió el emperador Carlos V, y que fué para él tan victoriosa en aquellos momentos, como luego desgraciada. Efectivamente, aquella notable expedición contra Barbaroja para salvar al Bey de Túnez, espantó á toda Europa, creyéndose que con 400 buques y 40.000 combatientes, se podría conquistar el África; y dice Ortiz de la Vega: «Carlos se hizo á la vela y entró en el golfo de Túnez á 16 de Junio de 1535. Desde el tiempo de los romanos, no había surcado aquellas aguas una tan fuerte y numerosa escuadra».

Uno de los cuadros representa la salida de la escuadra, viento en popa, del puerto de Barcelona, y otro la llegada al golfo que forman el Cabo de Ras-Adar y el Cabo Farina, á mano izquierda el Zafrán y á la derecha el de Cartago, notándose las ruínas de esta ínclita ciudad en casi todos estos cuadros, que principalmente representan el fuerte de la Goleta y la ensenada de Túnez.

En otro, se ve la lengua de tierra que cierra la entrada del golfo, en la cual se dió el primer ataque para tomar la atalaya y torre del Agua, y se percibe el orden de combate formado por las carabelas y galeones, y el desembarco que se verificó muchas veces para tomar la posición. En otro lado se ve el asalto á la Gaeta, que tan caro costó, notándose bien las baterías, las formaciones de lanceros desembarcados, el incendio de los baluartes y la entrega que hicieron los cautivos del principal de ellos, que dió el triunfo al emperador, el cual fué tan caro y sangriento, que sus soldados degollaron á la mayor parte de los habitantes de Túnez, saquearon la ciudad, y por temor á Barbaroja tuvieron que volverse á Italia, dejando expuestas á la venganza de éste gran pirata las Baleares, para que fueran arrasadas por él.

Pacheco, en su Arte de la Pintura, y Palomino en sus biografías, aseguran que fueron Julio y Alejandro los autores de estas pinturas y de otras del palacio. En los tiempos de Juan de Udino no se citan tales nombres, pero es lo cierto, que antes de 1533, se encontraba Aquíles en Valladolid, nombrado por Alonso Berruguete para tasar un retablo, y que luego vino á Granada con su mujer, y bautizó un hijo en Santa María de la Alhambra[145] en 1545; por último, en 1624, con motivo de la venida de Felipe IV á Granada, se restauraron muros y pinturas de estos lugares, que se dice habían sufrido desperfectos por el incendio de la casa del polvorista (1590), cuyas restauraciones se atribuyen á Raxis, Pérez y Fuentes.