Me sentí herido, y murmuré una disculpa, que no calmó la cólera de don Juan, sino que, por lo contrario, le impacientó, porque, interrumpiendo mis excusas, agregó en tono despreciativo:

-¡Bien! ¡Bien! ¡Que no se repita esto!... Me voy al juzgado. Avise usted a las muchachas que no me esperen.... Volveré entre cuatro y cinco. Ahí en mi bufete está un escrito.... ¡Cópiele usted!

Se compuso el sombrero, y se fué. A poco, cuando principiaba yo a escribir, oí en el zaguán voces femeniles que distrajeron mi atención. Luisa y Teresa, (no eran otras las que hablaban) aparecieron en la puerta del escritorio. Venían muy majas y de ataque.

—¡Papá!—gritó la rubia, asomando su vivaracha cabecita.—¡Papá! ¡Ya estamos de vuelta!

Luego que supieron que don Juan había salido, y que no volvería hasta la tarde, las dos muchachas se colaron de rondón en el despacho, y tomaron asiento en la banca de los clientes. Se abanicaban furiosamente, y se miraban y sonreían como deseosas de decir algo que no les cabía en el cuerpo.

—¿No le robamos el tiempo?—preguntó la morena.

—No, señorita.

—¿De veras?—dijo la rubia.

—No.

—Pues entonces,—prorrumpió Luisa,—deje la pluma y charlemos un rato.