—¿No te despides de tu madrina?
—Sí, ¡cómo no!
Nos dirigimos a la recámara.
Tía Carmen estaba cerca de la cama, sentadita en su sillón. Me recibió risueña y cariñosa.
—¿Ya te vas?
—Sí, tía... quiero llegar temprano.
Nunca la vi más pálida ni más débil; apenas oíamos lo que decía, la parálisis era casi completa. La pobre anciana tenía un brazo completamente inmóvil y los dedos contraídos. En las extremidades inferiores no había fuerza; los pies estaban hinchados.
—Rorró:—exclamó tía Pepilla—dile a tu madrina lo que te recomendó el doctor.
—Sí, tía; ejercicio, mucho ejercicio; siquiera una vuelta por la sala todos los días; una vuelta, una sola, ¡madrina! Eso de estar así, sentada, todo el día sentada, ¡no puede ser bueno!...
—¡Pero... si... no puedo!—murmuró.