—Un esfuerzo....

Tía Pepa me hizo una seña para que viera yo los pies de la enferma. Los tenía tan hinchados que apenas cabían en los pantuflos.

—¿Verdad, madrina, que hará usted todo lo que le mande el doctor?—Me respondió que sí, moviendo la cabeza.

—¿Verdad que tomará usted las medicinas? Sonrió e hizo un movimiento afirmativo.—Tía Pepilla tenía húmedos los ojos. Me acerqué, y arrodillándome junto al sillón quise abrazar a la anciana.

—¡Adiós, tía! Vendré la próxima semana.

—Bueno... bueno!—dijo con mucha dificultad, y con voz tan débil, que apenas la oíamos.—¡Quiera Dios que me encuentres viva! Estoy muy mala... pero... ni ésta ni Sarmiento quieren creerlo.

—¡No tía!—prorrumpí, riendo.—Está usted nerviosa y por eso se siente usted tan débil....

—Vaya... vaya,—me dijo sonriendo dolorosamente—dame un abrazo....

Cuando me levanté y me incliné para darle un beso en la frente, vi que por las pálidas mejillas de la enferma rodaban dos lágrimas, dos lágrimas de esas que en el rostro de un cadáver parecen gotas de rocío en el seno de una rosa blanca.

Salí del aposento con el corazón hecho pedazos. Tía Pepa me seguía silenciosa y cabizbaja....